Discreta ficción
Carlos Lara
11 de julio al 27 de septiembre
En Discreta ficción, Carlos Lara toma como punto de partida El presidente de la República paseando a caballo en el Bosque de Chapultepec (1896), considerada la primera película rodada en México. A partir de esta imagen, el artista desarrolla una serie de ejercicios escultóricos de extracción, traducción y desplazamiento que le permiten reflexionar sobre cómo ciertas imágenes y tecnologías contribuyeron a construir una idea de modernidad, nación, naturaleza y poder.
Aquella representación no fue inocente. Al frente de un gobierno que comenzaba a mostrar signos de desgaste, Díaz encontró en la reciente tecnología de los hermanos Lumière un medio para difundir una imagen cuidadosamente construida de sí mismo. El retrato ecuestre —continuación de una tradición pictórica de representación del poder que vincula autoridad y elegancia, cultura y naturaleza— proyectaba la imagen de un líder vigoroso, capaz de encarnar los ideales de modernidad y progreso que el régimen buscaba transmitir.Casi dos décadas después, Pancho Villa firmaría un contrato con la Mutual Film Corporation para construir una imagen pública completamente distinta. Frente a la solemnidad del retrato porfiriano, Villa utilizó el potencial narrativo del cine para construir un personaje activo, heroico y violento, anticipando las formas de representación que más tarde consolidaría Hollywood.
A partir de esta imagen, Lara extrae las siluetas de los tres caballos para traducirlas en estandartes. Al desprenderlas de la escena original e incorporarlas al espacio escultórico, los caballos dejan de ser solo el retrato presidencial para convertirse en una figura arquetípica del poder y sus formas de representación. Los estandartes, realizados con césped artificial, adquieren una nueva tensión: la representación de una naturaleza que, lejos de ser orgánica, es también una construcción. Al evocar el arte topiario —la práctica de modelar árboles y arbustos mediante la poda—, la pieza señala una concepción del paisaje como un espacio diseñado que expone la idea de control del hombre sobre la naturaleza. No es casual que Díaz eligiera retratarse en los jardines del Bosque de Chapultepec, transformados durante su gobierno para ser un parque urbano moderno, siguiendo el modelo francés. Así, el jardín y el retrato participan de una misma ficción: la construcción de representaciones de poder cuidadosamente diseñados.
Además de los estandartes ecuestres, la instalación incorpora unifilas que remiten a los lugares donde la ficción y el poder se ponen en escena: el teatro, el cine o los recintos ceremoniales. Al extraerlas de su función habitual e incorporarlas al espacio escultórico, Lara desplaza su significado, conservando la atmósfera de expectativa, elegancia y teatralidad asociada a estos objetos. Así, igual que las imágenes y la naturaleza domesticada, estas piezas revelan que las representaciones nunca son neutrales: responden siempre a una manera de concebir y ordenar el mundo.
Andrea Bustillos Duhart
Curadora
Aquella representación no fue inocente. Al frente de un gobierno que comenzaba a mostrar signos de desgaste, Díaz encontró en la reciente tecnología de los hermanos Lumière un medio para difundir una imagen cuidadosamente construida de sí mismo. El retrato ecuestre —continuación de una tradición pictórica de representación del poder que vincula autoridad y elegancia, cultura y naturaleza— proyectaba la imagen de un líder vigoroso, capaz de encarnar los ideales de modernidad y progreso que el régimen buscaba transmitir.Casi dos décadas después, Pancho Villa firmaría un contrato con la Mutual Film Corporation para construir una imagen pública completamente distinta. Frente a la solemnidad del retrato porfiriano, Villa utilizó el potencial narrativo del cine para construir un personaje activo, heroico y violento, anticipando las formas de representación que más tarde consolidaría Hollywood.
A partir de esta imagen, Lara extrae las siluetas de los tres caballos para traducirlas en estandartes. Al desprenderlas de la escena original e incorporarlas al espacio escultórico, los caballos dejan de ser solo el retrato presidencial para convertirse en una figura arquetípica del poder y sus formas de representación. Los estandartes, realizados con césped artificial, adquieren una nueva tensión: la representación de una naturaleza que, lejos de ser orgánica, es también una construcción. Al evocar el arte topiario —la práctica de modelar árboles y arbustos mediante la poda—, la pieza señala una concepción del paisaje como un espacio diseñado que expone la idea de control del hombre sobre la naturaleza. No es casual que Díaz eligiera retratarse en los jardines del Bosque de Chapultepec, transformados durante su gobierno para ser un parque urbano moderno, siguiendo el modelo francés. Así, el jardín y el retrato participan de una misma ficción: la construcción de representaciones de poder cuidadosamente diseñados.
Además de los estandartes ecuestres, la instalación incorpora unifilas que remiten a los lugares donde la ficción y el poder se ponen en escena: el teatro, el cine o los recintos ceremoniales. Al extraerlas de su función habitual e incorporarlas al espacio escultórico, Lara desplaza su significado, conservando la atmósfera de expectativa, elegancia y teatralidad asociada a estos objetos. Así, igual que las imágenes y la naturaleza domesticada, estas piezas revelan que las representaciones nunca son neutrales: responden siempre a una manera de concebir y ordenar el mundo.
Andrea Bustillos Duhart
Curadora












