Cristalización Especular

María Naidich

3 de febrero, 2026 – 19 de abril, 2026
Cuatro piezas nos reciben en la terraza. Su apariencia extraña, nos invita a acercarnos y detenernos en su contemplación preguntándonos qué es ese material de cualidades inciertas: una especie de líquido solidificado cuyas texturas, colores y reflejos podrían remitirnos a paisajes diversos o imaginarios; o quizá simplemente nos convocan a rendirnos ante lo desconocido y apreciar su materialidad mas allá de la búsqueda de entendimiento.

El interés de Naidich por el comportamiento de la materia la ha llevado a indagar sobre sus propiedades específicas, así como en su interacción otros elementos. Tal es el caso del vidrio, que, tras el roce constante de la arena con el fuego, se transforma en una masa viscosa y fluida que, al enfriarse, aparentemente se solidifica; aunque ante nuestros ojos parece estable, en realidad continua en movimiento. La estructura molecular del vidrio es más cercana a la de un líquido que a la de un sólido, por lo que se encuentra en constante movimiento, como lo explica la artista en su libro “Invocación de las Piedras”.

En esta muestra, que a primera vista podría parecer un simple despliegue de experimentaciones formales, María contrapone nociones de productividad y racionalidad —propias del Antropoceno— con un acercamiento más primitivo, sensible y especulativo hacia los materiales. La disposición de las piezas, que remite a paneles solares, funciona como un juego para reflexionar sobre la función original de dichos artefactos -como una tecnología que captura la energía solar para almacenarla y abastecer necesidades de consumo- y se convierte en un dispositivo estético para la observación de la materia. Con este juego, la artista propone redirigir la mirada hacia una dimensión poética de la materia, invitándonos a reflexionar sobre el paso del tiempo, así como sobre la interacción y transformación de los elementos: el agua que se evapora con el sol, las sales que cristalizan, los óxidos que pigmentan o la plata que se destiñe.

Cada una de las placas recibe y refleja la luz. No se trata de un reflejo nítido y pulcro al que estamos acostumbrados, sino de uno ondulante, borroso y misterioso, que se contrapone a la obsesión por la transparencia y claridad propias de la razón; un espejo místico que permite ver de forma imprecisa y parcial el reflejo del cielo o de quien se acerque a mirarse. De igual manera esta presente el cielo con el reflejo dibujado de Altair, cuerpo estelar que se encontraba en el cenit del cielo el 31 de diciembre de 2025. Esta estrella —más grande, más brillante y mucho más distante que el Sol— nos obliga a relativizar la mirada humana desde la que intentamos medir y comprender el mundo, abriendo la posibilidad de otras escalas, otros tiempos y otras formas de percepción.

Andrea Bustillos Duhart
Curadora
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