Formas para el silencio | Jose Dávila
Esta obra parte de una pregunta muy sencilla y muy antigua:
¿qué ocurre cuando una piedra encuentra su lugar?
En este claro dentro del paisaje costero, la instalación propone pensar en la escultura desde antes de que exista la escultura, desde ese impulso primitivo de colocar una piedra sobre otra para reconocer un territorio, orientarse en el tiempo y establecer una presencia. Aquí, cada pedestal y cada piedra participan de un mismo gesto: el acomodo como forma de pensamiento.
Las piedras fueron seleccionadas por la manera en que el tiempo las ha moldeado: superficies erosionadas, curvas naturales, cortes accidentales. Cada una conserva una historia que no pertenece al arte sino a la geología, a la intemperie, al movimiento del paisaje. Los pedestales, en contraste, son cuerpos geométricos y simples —volúmenes hechos por la mano humana— que no imponen una narrativa, sino que ofrecen un soporte, una pausa, un punto de encuentro.
La instalación no representa nada; más bien organiza. Establece un pequeño orden dentro del desorden del entorno, un círculo abierto donde cada pieza es un punto en una conversación lenta. La obra se activa en la forma en que el visitante recorre el lugar, porque la disposición no es frontal ni monumental: invita a caminar, a rodear, a observar la diferencia entre un equilibrio y otro.
La obra se vincula con la tradición del land art, pero no desde la escala heroica, sino desde la observación íntima del paisaje y de sus materiales más elementales. Aquí la tierra y la piedra no son materia inerte: son archivo, memoria, tiempo sedimentado. Yo solo las acomodo para que se vuelvan visibles de otra manera.
Esta obra busca establecer un ritmo silencioso: un conjunto de piedras que parece emerger del propio entorno, pero también revela la intención humana de ordenar, de proponer un lugar, de señalar un punto de atención dentro de la vastedad. La obra trata sobre el acomodo, sobre aprender del paisaje, sobre el valor simbólico de la piedra y sobre la posibilidad de que un gesto simple —poner una piedra sobre un pedestal— pueda abrir una reflexión sobre el tiempo, la forma y la pertenencia.